La fiesta de Granada por antonomasia es el Corpus Christi, festividad muy arraigada en todo el mundo cristiano, sobre todo a partir del Concilio de Trento siendo entre los siglos XVII y XVIII, en plena época barroca, cuando alcance su máximo esplendor.

Este culto a la Eucaristía tuvo un especial auge en algunas ciudades del antiguo reino de Aragón y de la Alta Andalucía, como Málaga, Jaén y Baeza, siendo sin embargo en Granada donde cobró un particular desarrollo y significado, al convertirse en un instrumento didáctico y en un medio para asentar su cristiandad recientemente profesada tras la Conquista, que trataría de consumarse valiéndose de reforzados ornatos, arquitecturas efímeras, impresión de relaciones y una acentuada simbología; pues, Granada, que durante más de ocho siglos había sido tierra del Islam, estaba especialmente necesitada de creer y recobrar sus lazos cristianos. 


Fueron los Reyes Católicos tras la rendición de Granada quienes implantaron el Corpus como fiesta de los granadinos, siendo elegida ésta con la intención de evitar que pudiera relacionarse con cualquier otra del pasado musulmán de la ciudad, lo que sin embargo no impidió la participación en ella durante sus primeros años, de zambras de moriscos alentados por Fray Hernando de Talavera –el Santo Alfaquí como ellos lo llamaban- quien lo hacía con la intención de convertirlos al cristianismo. Lo cierto es que la celebración del Corpus arraigó pronto en las costumbres de los habitantes de la ciudad, de modo que en pocas décadas fueron olvidados prácticamente los ritos islámicos que inveteradamente se habían celebrado por incontables generaciones de granadinos. A pesar de que el Corpus Christi, trataba de ser superado año tras año, alcanzando, como se ha señalado, en la época del Barroco su máxima grandeza y majestuosidad, no llegó a ser nunca una fiesta mundialmente conocida como son las Fallas valencianas, la Feria de Abril sevillana o los Sanfermines pamplonicas, aunque, siempre han tenido un gran seguimiento y una aceptación popular grandiosa en todas las épocas, dejando una profunda huella en ciudades vecinas y en todas las zonas de influencia de Granada, especialmente en los pueblos de la Vega, muchos de los cuales estaban obligados a contribuir a su celebración y al engalamiento de la ciudad, enviando carros de bueyes cargados con juncia, mastranzo, romero, espadaña y otras hierbas que exhalan en el ambiente, un profundo aroma a primavera al paso de la procesión del Santo Sacramento.

Sobre el origen de la fiesta del Corpus Christi, han sido muchos los tratados que han expuesto las distintas teorías que circulan sobre el mismo. Posiblemente la fuente más fiable sea la descripción histórica y ceremonial que de la fiesta hizo el canónigo de la Catedral Fray Francisco Tomás María de Cardera durante la celebración del Corpus granadino de 1765, quien apunta en su Relación, cómo desde el momento mismo en que Jesucristo instituyó el Sacramento del Altar en la Última Cena, la Eucaristía fue venerada por la iglesia Católica. No obstante, la fiesta propiamente dicha tuvo su principio en Bélgica, más concretamente en la ciudad de Lieja, en pleno siglo XIII, cuando en el monasterio de Monte Cornilon en el año 1230, una monja llamada Juliana, famosa por sus virtudes, profecías y habituales raptos, observó que cuando rezaba, frecuentemente se le aparecía la luna llena ensombrecida por una de sus partes, lo que fue interpretado en el sentido de que la iglesia Católica, que era simbolizada por la luna, estaba triste y oscurecida por la falta de una fiesta que celebrase el Sagrado Cuerpo de Cristo, la cual habría de instituirse para el aumento de la fe de los hombres.

Conocido el hecho por distintos teólogos de la época, como Juan de Lausenna, San Martín de Lieja y, el que a la postre sería el más decisivo, Jacobo Pantaleón, quien sería el futuro Papa Urbano IV, siendo éste, en 1262, acordándose de las profecías que le fueron relatadas por la madre Juliana, el que instaurase la fiesta con carácter universal mediante la famosa Bula Transiturus de hoc Mundo ad Patrem, reiterándola dos años más tarde, en 1264, mediante un diploma dirigido a Eva de Lieja. Quiso el Papa que para la completa solemnidad de la fiesta se compusiese Oficio propio, encargándose a Santo Tomás, si bien, a pesar de esto y del reconocimiento de Urbano IV, el rito litúrgico fue observado tan sólo desde un principio, por la iglesia de Lieja, por lo que hubo de extenderlo Clemente V mediante la confirmación que de la festividad hizo en el Concilio de Vienne en 1311, y posteriormente en 1316, por el Papa Juan XXII. Por lo que respecta a la procesión fue instaurada, según Fray Francisco Tomás María de Cardera, por Urbano IV sobre la base del milagro de Bolsena, celebrándose su ceremonial en acción de gracias por el beneficio de su institución, para confundir la perfidia y la locura de los herejes, para pedir perdón por los defectos de todo el año y para corroborar la fe de los fieles.

La introducción de la fiesta en España tiene lugar en la primera mitad del siglo XIV, siendo en Barcelona, Lérida y Valencia donde ocurrieron las primeras celebraciones, extendiéndose posteriormente a Toledo y Sevilla, ciudades en la que alcanzaría un lucido esplendor. En la Alta Andalucía, hay constancia de que en 1490 era celebrada en Málaga –inmediatamente después de la Conquista- mientras que habrá que esperar prácticamente al siglo XVI para encontrar su celebración en Jaén y en Granada, ciudad a la que se le impuso como fiesta principal, como se ha señalado.

Desde siempre la fiesta ha sido organizada por el Ayuntamiento, quien habría de invertir por mandato directo de los Reyes Católicos, grandes sumas de dinero: “...mil ducados más las rentas de la Guifa Mayor”, que irían aumentándose progresivamente año tras año hasta llegar a ser difícilmente soportables por la Hacienda de la ciudad. La fiesta en Granada dispone de una particular historia llena de vicisitudes y altibajos, que para conocerla, así como sus aspectos principales, es recomendado leer entre otras, las obras de Francisco de Paula Valladar: Estudio Histórico-Crítico de las Fiestas del Corpus en Granada; y de Miguel Garrido Atienza: Las Fiestas del Corpus, editada en Granada en 1889, que es sin duda alguna la mejor de las realizadas hasta el momento. En ellas podremos conocer los aspectos más relevantes de la festividad y aquellos elementos destacados de su celebración y ceremonial, como la procesión, la Pública, las carocas, los carros triunfales y la Feria entre otros.

Miscelánea de Granada
Cesar Girón