El 3 de Mayo es para todos los granadinos el Día de la Cruz.

Es una fiesta que aunque hoy en día la tenemos por la más típica y antigua de Granada, sus orígenes no se pueden precisar con exactitud, por lo que se pierden en el tiempo. En su aspecto religioso, parece ser que empezó siendo una festividad para celebrar el hallazgo por Santa Elena de la Cruz donde murió Cristo, pero lo cierto es que el arraigo popular de la fiesta proviene de celebraciones mucho más antiguas, de tiempos de los romanos y aún de otros pueblos anteriores, que el cristianismo refundió en su empeño por eliminar antiguas prácticas paganas contrarias a su moral, pero conservando casi intactos los demás elementos tradicionales de la celebración.

En Granada ésta es quizá la fiesta más popular, casi tanto como la del Corpus Cristi, que es la más “oficial” desde el punto de vista político y religioso y que, juntamente con la del patrono de la ciudad San Cecilio, con su famosa romería en la explanada de la abadía del Sacromonte, organiza la corporación municipal como responsable de ambos festejos.

En el Día de la Cruz, los granadinos abren sus patios y corralas y montan por su cuenta primorosas cruces de flores en los lugares más genuinos. Se utilizan para ello plazuelas recoletas, calles y rincones típicos de la ciudad compitiendo con la Plaza del Carmen, en la que el Ayuntamiento instala la suya con un gran entarimado donde jóvenes, niños y mayores lucen sus vestidos de faralaes bailando y cantando toda la tarde. Cuando se trata de grandes mansiones o palacios, se escoge la habitación más próxima a la entrada, a la que visten entera de fiesta decorando las paredes desde el suelo hasta el techo con lujosas prendas y estudiados montajes en torno al elemento central de la Cruz, para asombro del numeroso público que luego las visita. El suelo suele cubrirse con plantas olorosas como el mastranzo y la manzanilla, que salpican su verdor con florecillas amarillas y diminutas margaritas blancas tejiendo un bello tapiz que, con su típico aroma campestre, anticipa los olores del verano trayendo a la memoria recuerdos ancestrales.

Las vecinas -pues según la tradición, la dirección y puesta a punto era asumida por las mujeres-, sacan a la luz lo más rico de sus ajuares para adornar la Cruz: mantones de Manila, colchas, pañuelos, tapices, mantillas de tul ricamente bordadas, urnas con santos y los más variados objetos familiares que atesoran sus casas, típicos casi todos de la artesanía granadina: cobres albaicineros, cerámicas de Fajalauza, muebles de taracea o de hierro forjado, candelabros, sillas y mesitas, todo primorosamente trabajado y guardado como bienes de familia para lucirlos en esta fiesta a la vista de todos. La ciudad entera se engalana convirtiéndose en un escenario espectacular de adornos y flores como si fuera un amplio jardín abierto a todos los visitantes. Los preparativos se trabajan desde mucho antes con absoluto secreto, tratando de que cada año sea una cruz distinta que sorprenda al vecindario, contribuyendo así durante varios días a una convivencia agradablemente cómplice y divertida que preludia la gran fiesta. Las asociaciones de vecinos y otras corporaciones compiten entre ellas por hacer la mejor Cruz, la más bonita, derrochando entre todos una gran imaginación y mucho arte. Pero antes de dar por terminado el montaje, hay un detalle que no se puede olvidar y que llama poderosamente la atención del visitante: en lugar bien visible y destacado se coloca un hermoso pero en sazón, clavado en unas afiladas tijeras. ¿Qué misterioso símbolo encierra esto? Es simple: las tijeras son para “cortar la lengua” de todo aquél que se atreva a poner otro “pero” que no sea el ya instalado intencionadamente en la Cruz para acallar cualquier comentario negativo.

El hallazgo de Santa Elena

La tradición cristiana, como vimos al principio, atribuye el origen de esta fiesta a una celebración puramente religiosa que se hacía en la antigua Roma para conmemorar el hallazgo por Santa Elena, madre del emperador Constantino, de la Cruz donde murió Cristo. A este respecto, los libros litúrgicos de la iglesia católica contienen en su calendario dos fiestas dedicadas al culto de la Cruz: la Exaltación de la Santa Cruz el 14 de Septiembre y la Invención de la Santa Cruz el 3 de Mayo. La primera conmemora la dedicación de las basílicas de Jerusalén y es una fiesta de origen oriental, que no pasó a Occidente hasta fines del s.VII a través del rito romano; pero la Invención de la Santa Cruz, en cambio, es conmemorada desde muy antiguo y, en España, aparece en todos los calendarios y fuentes litúrgicas mozárabes, siendo citada también en el Leccionario de Silos, compuesto hacia el año 650, donde aparece con el nombre de “Dies Sanctae Crucis”. Éste es el más antiguo testimonio de su conmemoración en España, siempre poniéndola en relación con el hallazgo de Santa Elena.

Este curioso relato figura en los pasionarios del s.X y cuenta que, en el sexto año de su reinado, el emperador Constantino se hubo de enfrentar contra los bárbaros germanos a orillas del Danubio, y era tal la magnitud del ejército enemigo, que se consideraba imposible la victoria. Pero una noche el emperador tuvo un sueño en el que vio aparecer en el cielo una gran Cruz llena de luz y, encima de ella, estas palabras: In hoc signo vincis (con este signo vencerás). A la mañana siguiente y aún impresionado por su sueño, el emperador hizo construir una Cruz igual a la que vio en sueños y la puso al frente de su ejército, venciendo sin dificultad a las hordas enemigas.

De vuelta a la ciudad, el emperador se interesó vivamente por el significado de la Cruz y se hizo bautizar en la religión cristiana. Entonces envió a su madre a Jerusalén para que fuera a buscar la verdadera Cruz donde habían crucificado a Cristo. Elena, que ya era cristiana, viajó a la ciudad santa y allí mandó llamar a los más sabios doctores para averiguar en qué lugar se podría encontrar esa Cruz anhelada. Llegados al monte Gólgota, donde se sabía que había tenido lugar el sacrificio, encontraron tres cruces, pues, como es bien sabido, Cristo fue crucificado entre dos ladrones. Para descubrir cuál de ellas era la perteneciente al Maestro nazareno, hicieron venir a varias personas enfermas incurables e incluso muertas, que sanaban milagrosamente o resucitaban al tomar contacto con la cruz que sostuvo al Hijo de María. La madre del emperador quedó tan impresionada por el hallazgo, que mandó erigir una capilla en el templo del Santo Sepulcro de Jerusalén para adorar la reliquia encontrada, que se dividió y quedó allí en gran parte; otra se llevó a Roma donde es venerada en la iglesia de la Santa Cruz, y el resto se repartió, conservándose trozos de este lignum crucis como reliquias en toda la cristiandad. A raíz del milagroso hallazgo, Elena rogó a todos que conmemoraran y celebrasen ese día y así quedó instituida la fiesta en todo el mundo cristiano, haciéndola coincidir con las fiestas primaverales del mes de mayo.

Esta historia tiene, sin duda, mucho de leyenda, propia de un emperador que fue considerado durante el medievo como prototipo del príncipe cristiano al que se atribuyeron multitud de relatos fabulosos.

Sigue contando la tradición que tuvo tanto impacto en la población el episodio del hallazgo de Santa Elena y la conversión del emperador, que la fiesta pasó a ser una de las celebraciones más populares en tiempos de los romanos y a partir de entonces en todo el mundo cristiano. En España, y concretamente en Andalucía, se celebra también profusamente en Córdoba, en Sevilla y otros pueblos de la región, aunque la más conocida y famosa es la de Granada. Como afirma Antonio Merino en su “Ensayo sobre fiestas populares”, la Invención de la Santa Cruz es conmemorada desde antiguo en todo el occidente cristiano.

La fiesta popular: las mayas

Para establecer los orígenes de la celebración popular, probablemente muy anterior a la religiosa, hay que remontarse necesariamente a las fiestas paganas que desde la más remota antigüedad celebraban todos los pueblos con la llegada de la primavera y su apogeo en el mes de mayo. Cuando todo florecía, el pueblo rendía culto a la fecundidad de la Naturaleza, festejándola con grandes ritos y ofrendas que simbolizaban su agradecimiento por la abundancia de los dones obtenidos de la madre Tierra.

Mayo ha sido, desde siempre, el mes amoroso por excelencia y el escenario temporal de un buen número de fiestas y celebraciones populares, que recogen la mayoría de las tradiciones como fiestas agrarias dedicadas a la fecundidad y al despertar del amor.

Aunque el origen de nuestra fiesta se remonta oficialmente al tiempo de los romanos, podrían buscársele raíces aún más profundas en la vieja Hélade, la Grecia primigenia, y más concretamente en las fiestas dedicadas a la ninfa Maya, una de las Pléyades hija de Atlas que, amada por Zeus en el monte Cileno, alumbró a Hermes, el dios mediador que establece la comunicación entre los hombres y los dioses y tantos bienes trajo a la Humanidad. La presencia de Maya en la mitología romana fue algo tardía y parece ser que no tiene mucha relación con la Maya griega. En Roma fue considerada como deidad primitiva paredra del dios Vulcano, pero tras la introducción del helenismo llegó a ocupar para los romanos un lugar destacado entre los dioses. Las fiestas en su honor, las mayas, tenían lugar en plena primavera, con tal profusión de manifestaciones, que el calendario romano debe el nombre del mes de mayo a esta divinidad.

Maya era la reina de la primavera, la diosa de la resurrección en la estación de la vida, del color y la explosión de los sentidos. La maya era una fiesta mística y petitoria en la que el mayo, como simbólico árbol, era un madero plantado como un gran falo, emblema mágico de la fecundidad y de la renovación material, al que se le pedían buenas cosechas y se le hacía el centro de la celebración. Un tronco muy alto, adornado profusamente con cintas de colores, flores y ramas con frutos era colocado en el centro de la plaza y a su alrededor se bailaba y cantaba con gran entusiasmo durante todo el día y la noche hasta el amanecer. El sentido de la fiesta era plenamente naturalista, era el agradecimiento expresado por el pueblo en sus sentimientos más espontáneos a la Naturaleza, el saludo al nuevo ciclo con la esperanza puesta en la futura cosecha. En ese mismo sentido, repleto del simbolismo, la Cruz sustituyó al madero en la fiesta cristianizada, quedando como el místico árbol mayo cristiano y apropiándose toda la tradición anterior.

Hasta el siglo XIX, la maya era representada año tras año en las fiestas de Granada por niñas y adolescentes que, vestidas de blanco y coronadas de flores, pedían dinero a los transeúntes para pagar con ello el montaje de las cruces, pero fue precisamente el abuso de esta tradición lo que hizo suprimir la fiesta por orden gubernativa hacia finales del siglo. La presencia excesiva, e incluso ya molesta en los años ochenta, de los grupos de mayas pidiendo por las calles el tradicional “chavico para la santa cruz”, dio lugar a su prohibición por considerarla abusiva, sobre todo en barrios tan populares como el de San Lázaro o el Realejo, donde habían llegado a establecer una contribución obligada que, con el pretexto de sufragar los gastos de la celebración, servía para que muchos montaran su propio negocio al amparo de la fiesta. En 1883, el Gobernador Civil de Granada dictaba una resolución prohibiendo que las mayas pidiesen con destino a la Cruz, suprimiéndose así la celebración de la fiesta durante casi cuatro décadas, con el consiguiente revuelo de protestas populares y opiniones contrarias por parte de personajes relevantes, insertas en casi todas las publicaciones de la época. Personalidades como Miguel Garrido Atienza o Antonio Joaquín Afán de Ribera, que defendían ardientemente el respeto por las tradiciones granadinas, estaban convencidos de que la supresión drástica de las mayas, y no sólo de sus prácticas mercantilizadas, podría acarrear la desaparición de la festividad del Día de la Cruz, de tan profundo arraigo en la sociedad granadina. No obstante habrá que esperar hasta 1924, en que los nuevos aires instaurados por el pronunciamiento del General Primo de Rivera hicieron que el Ayuntamiento granadino impulsara el resurgir del Día de la Cruz, aunque lo cierto es que, si no públicamente, en la intimidad familiar y vecinal, la fiesta nunca dejó de celebrarse en todos estos años. De sobra es sabido el efecto-rebote que la prohibición produce por lo general en los seres humanos, y más teniendo en cuenta el hondo arraigo que tenía esta fiesta entre el pueblo. Una vez más, la tradición fue más fuerte que la norma, el rito se impuso sobre la prohibición, y el sentimiento de los granadinos, siempre amantes de sus tradiciones y nunca dispuestos a perderlas, mantuvo la fiesta por encima de la opinión de los políticos de turno.

Desde 1964 y tras una nueva desaparición –nos cuenta César Girón en su libro Miscelánea de Granada- el 3 de mayo como Día de la Cruz, sigue fiel a su cita en Granada y, como no podía ser de otro modo, grupos de chiquillos asaltan todavía, como modernas mayas, a los transeúntes pidiéndoles unas monedas con la popular frase de “un chavico para la Santa Cruz”.

Por último y para recordar una vez más los orígenes de esta celebración, cuya exaltación de la naturaleza y del amor sigue presente en la memoria de los pueblos, he aquí recogidas algunas de las letrillas de las más populares canciones que aún se siguen entonando en el Día de la Cruz, recordando tanto el tema religioso como la petición de buenas cosechas o el deseo de las mozas de encontrar un buen novio:

Salve dulces clavos, salve dulce leño, ángeles y hombres todos te adoremos con mucha alegría, mozas y mozuelos.

Una sociedad económicamente volcada hacia la actividad agrícola, al campo y el cultivo de la tierra, no puede sentirse ajena a las manifestaciones vitales y festivas de sus gentes, que piden al cielo por mediación de la Cruz les dé una abundante cosecha:

A esta santísima Cruz le venimos a cantar que no se coman los grillos los trigos ni las cebás. A esta santísima Cruz le venimos a cantar que nos dé un montón de trigo y otro tanto de cebá.

La implicación amorosa de la fiesta, aunque se fue olvidando en la medida en que se iban imponiendo las connotaciones religiosas y el racionalismo ilustrado de la época prohibía toda manifestación popular basada en creencias irracionales y supersticiosas, mantuvo siempre la tradición y el folklore musical más o menos soterrado en canciones como ésta:

Oh Cruz santa, dame un novio para alivio de mis penas, lo mismo da boticario, médico que maestro-escuela, que tenga mucho dinero y que me quiera la suegra.

De hecho, las fiestas primaverales han constituido desde siempre un tiempo de cortejo. Las bebidas alcohólicas y la oscuridad de la noche propiciaban la desinhibición y el ardor juvenil de los mozos, facilitando la manifestación de los sentimientos amorosos, algo tan antiguo y tan viejo como la propia humanidad. Las mozas bebían agua de los botijos o “pipos” y todos comían tortillas, adobos y gazpacho preparados en familia. Tras la fiesta y a lo largo de todo el verano se sucedían luego las tertulias nocturnas que se organizaban desde el atardecer en los barrios para sobrellevar el calor de los días estivales. Las familias y vecinos se reunían a las puertas de sus casas haciendo un corro de sillas de anea y, entre bromas y brisas de abanicos, recordaban los avatares y las nuevas parejas surgidas en el entusiasmo de las noches de fiesta.

María Angustias Carrillo de Albornoz