ludwig van beethovenCreo que a los grandes genios nunca se les llega a conocer realmente en su verdadera dimensión.

Por esto, aunque el hablar o escribir sobre el genio de Bonn, podría parecer a muchos que es un tema muy manido ya a estas alturas, y que no vamos a descubrir nada nuevo, por mucho que investiguemos ahondando en su trayectoria por esa vida o en el gran paso de gigante que le hizo dar al arte musical, creo que nos falta aún mucho que andar –y que ahondar- para llegar, no ya a comprenderlo, sino tan sólo a entrever un poco de su extraña y contradictoria personalidad, de su profundo ser interior, tan inmensamente rico y cargado de recursos para superar toda clase de adversidades.Como anécdota diré que el mismo Herbert Von Karajan, cuando hace unos años vino a Granada para actuar dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Berlín, en el marco incomparable del Palacio de Carlos V en la Alhambra, durante los Festivales Internacionales de Música y Danza, interpretó la quinta Sinfonía de Beethoven, y comentaba que después de llevar tantos años estudiando y dirigiendo esta famosa y conocidísima obra y sabérsela prácticamente de memoria, ahora estaba empezando a conocerla y comprender algo de lo que Beethoven quiso expresar al legarnos su mensaje. Esto me trae a la memoria aquella famosa leyenda china de Kung-Tseu, el filósofo legislador, que estuvo días y días tocando con su primitivo “chin” o “d’zain” una melodía del Mahatma Ven-Vang, y no se daba por vencido hasta que consiguió identificarse con la mente misma del Mahatma, e incluso llegar a verlo y oírlo, describiéndoselo  -sin conocerlo anteriormente, puesto que el compositor hacía ya mucho que había muerto- a su asombrado maestro de música que cayó prosternado ante él, admirado de la fina penetración de Kung-Tseu al captar en la melodía de Ven-Vang toda la personalidad y el genio del Mahatma. ¡Cuánto no tendríamos que oír a Beethoven para poder trascender algo de lo que entraña su inmensa obra! 

A Beethoven le tocó vivir una de la épocas más conflictivas de la historia que conocemos: finales del siglo XVIII y principios del XIX. Está a caballo entre dos épocas, y con su obra impresionante marca un hito en la Historia de la Música. Al igual que Goya a la pintura, él liberó al arte musical de su condición de servil y mero pasatiempo, de ser utilizado a lo largo de los siglos XVII y XVIII para entretenimiento de reyes y poderosos, para llevarlo a las salas de conciertos y al hombre de la calle, colaborando así en los nuevos ideales de su época de transición total, y culminando la labor iniciada por Haydn y Mozart. 

Recoge la herencia del genio salzburgués que, tras haber logrado la perfección en las formas clásicas, empieza a dar al final de su vida esa nota de emoción precursora del Romanticismo, dándole a su música un aliento vital e íntimo. Mozart recrea los moldes, los lleva a la perfección sin abandonar las leyes inmutables de la armonía. Beethoveen, por el contrario, decía: “Deseo aprender las reglas para encontrar el mejor camino de infringirlas”. Esto nos da una idea de la dimensión de su genio rebelde y renovador, que le llevó a crear esta nueva corriente del Romanticismo iniciada por sus maestros y que, tras él, continuaron después Schubert, Schuman, Brahms, etc, culminando este movimiento, años más tarde, con los dramas de Wagner y las sinfonías de Mahler. 

Su espíritu liberal y rebelde, cargado de un sentimiento trágico-idealista, se identificó enseguida con los ideales de la época: derechos humanos, independencia nacional, hermandad de una sociedad libre y feliz… Sus ideas se sublimaron en su genio creador, obligándole decididamente a abandonar los moldes clásicos y a buscar, con indudable acierto, nuevas formas que le permitieron avanzar ilimitadamente y alcanzar cotas increíbles para su época. 

Si Mozart fue conservador y perfeccionista, Beethoven fue un revolucionario, un revolucionario idealista, plenamente consciente y seguro de lo que quería y que supo primero, como buen discípulo, aprender y apoyarse en la sabiduría de sus maestros, para luego crear sus propios caminos y volar con sus propias alas. 

Fue en su juventud un gran virtuoso del piano, al que hizo numerosas innovaciones, pidiendo continuamente a los constructores diversas reformas al entonces llamado clavicordio, hasta convertirlo en el piano actual que da un sonido totalmente distinto como es sabido, y al que llamó “piano-forte”, precisamente por la posibilidad de hacer suaves y fuertes, cosa que con el clave no era posible apenas. Esto le permitió en sus primeros tiempos de compositor ganarse la vida como intérprete dando conciertos, y también dar clases a las damas de la alta sociedad vienesa, con lo cual no tuvo que depender del mecenazgo de ningún príncipe ni cardenal, como los Esteráis, o el sufrido Mozart con el despótico arzobispo Colloredo. 

De su madurez evolutiva, plenamente consciente de su obligación de dar a la humanidad, por medio de su música, un mensaje de aliento y Amor, de su naturaleza profundamente bondadosa y emotiva, unida a una disciplina y rigor moral realmente titánicos, nos dejó constancia en su famoso y conmovedor Testamento de Heiligenstadt, escrito en el otoño de 1802, cuando, atormentando por lo terrible de su enfermedad que le iba a llevar a la sordera total, lucha contra la desesperación, sufriendo una honda crisis que le pone al borde del suicidio.

Afortunadamente la supera y confiesa: “Tan sólo el Arte me ha contenido. Porque me era imposible dejar el mundo antes de haber creado todo aquello de lo que me sé capaz”. Y al final de su escrito, asimilando las mismas enseñanzas que Sócrates inculcaba a sus discípulos, aconseja a sus hermanos Kart Y Johann, a quienes iba dirigido este testamento: “Recomendad a vuestros hijos la Virtud: es lo único que puede daros la felicidad; ella y no los bienes materiales. Hablo así por experiencia personal. La Virtud es lo que me ha consolado en mi sufrimiento. Gracias a ella ya mi arte no he terminado mi vida con el suicidio”. Ludwig Van Beethoven, en definitiva, fue el inicio de una nueva era para el Arte Musical, pues logró expresar en sonidos lo que hasta él nadie había podido expresar: los esplendores y abismos del espíritu humano. Y si hoy podemos decir que la música es el arte más universal, a él se lo debemos principalmente. Las peripecias de su vida, sus luchas, sufrimientos, temores y miserias, no pudieron encubrir la grandeza de su alma, su generosidad sin límites, el dominio sobre las desventuras, su actitud heroica ante el Destino, su fe en la libertad y en la dignidad humana, en la eternidad y en la belleza. Por ello, aunque su figura haya alcanzado las más altas cimas del arte, logrando con su música hacer la vida más bella a miles de hombres, podemos asegurar, con frase de Unamuno, que Ludwig Van Beethoven fue NADA MENOS QUE TODO UN HOMBRE. Un grande y genial Hombre, cuyo interior, desgraciadamente, conocemos muy poco y al que tenemos que tratar de comprender a través de su música maravillosa, para poder captar, a fuerza de oírla atentamente, lo que él nos quiso transmitir, y penetrar así en la magnificencia de su Espíritu Superior, esa chispa divina que todos llevamos dentro, y que es realmente lo que nos otorga nuestra condición de Hombres. 

Mª Angustias Carrillo de Albornoz.  

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