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El Cristo de la Misericordia, es una de las obras maestras de la escultura barroca de nuestro país, no en vano fue realizada por uno de los más grandes artistas del barroco español, José de Mora, hijo, nieto y hermano de escultores.

De un tamaño mayor que el natural, esta escultura está realizada en madera tallada y policromada a la que se han añadido elementos de distinta naturaleza como el pequeño sudario, de lino endurecido con cola, que se anuda con un cordón real.

Este Crucificado fue realizado en el taller que el artista poseía en una casa del Albayzín, junto al famoso carmen de los Mascarones que fuera propiedad del literato Pedro Soto de Rojas, conservándose en testimonio de ello un bellísimo azulejo que fue colocado por la cofradía en su fachada hace pocos años. En 1695, en el momento de mayor plenitud de su arte, el autor, realiza este Crucificado para la iglesia de San Gregorio de clérigos menores. Conocido durante los siglos XVIII y XIX como Cristo de la Salvación y Cristo de la Expiración, pasaría más tarde a la iglesia de San José, en la que actualmente se encuentra, donde recibirá los títulos por los que actualmente se le conoce, Cristo de la Misericordia y Cristo del Silencio.

 

Convertido en imagen procesional en 1925, paseó por nuestras calles hasta 1975, en que por su estado de deterioro hubo de encargarse por la cofradía una réplica, que fue realizada por el escultor granadino Antonio Barbero Gor. Los últimos años en que tan magna obra salió en la madrugada del Viernes Santo, hubo de hacerlo reclinado sobre unas andas por temor que al ponerlo vertical la talla no resistiese el más leve movimiento. Tas este año fue reservado exclusivamente para el culto en su capilla.

 

Ofrece un cuerpo esbelto, magro, proporcionado, de perfecto estudio anatómico, en el que predomina una severa verticalidad que transmite la quietud alcanzada tras la dolorosa muerte. De ella, las huellas más notorias se concentran en el expresivo rostro: los ojos entornados y hundidos en las órbitas, la nariz aguda, la boca entreabierta mostrando los dientes. Vence la cabeza, impresionante en su dramatismo, sobre el hombro derecho, dejando caer masas de cabello cuyo modelado se prolonga con el pincel sutilmente. Y es que la policromía es el perfecto complemento de la talla, mostrando José de Mora las excelentes dotes de pintor que también poseyó. Las carnaciones, en pulimento y con tono de marfil, sin apenas acudir a la sangre como recurso de expresión, hacen que en esta representación se logre rebasar lo fisiológico de la muerte humana par alcanzar la plasmación de una idea trascendente. Puede verse en este Crucificado, según se ha dicho, más a Dios hecho hombre que al hombre hecho Dios. En correspondencia con el sentido idealista con que se concibe esta escultura. La Cruz en la que se clava es plana y revestida de un rico trabajo de incrustaciones de marfil y carey.

 

Las múltiples vicisitudes sufridas por la imagen a lo largo de sus más de 300 años de existencia, le originaron problemas muy diversos en cuanto a su estado de conservación, siendo restaurada en 1994.

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