chopin

No queremos que se acabe 2010 sin traer el recuerdo de la conmemoración del nacimiento de Federico Chopin que tuvo lugar el pasado 22 de Febrero, fecha todavía muy discutida, pero que es la que consta en los archivos de la iglesia de Brochow, de la que dependía la aldea de Zelazowa Wola, a 35 km. de Varsovia, donde bautizaron hace doscientos años al músico.

Las obras de Chopin han sonado insistentemente en todo el mundo a lo largo de este año para delicia de sus numerosos admiradores, y es de justicia agradecer su legado al artista recordando, una vez más, el atractivo de su fuerte personalidad y de su música extraordinaria. Celebrar conmemoraciones siempre es bueno para no olvidar a aquellos que han ido tejiendo nuestra historia, pues, como decía Dilthey, todos ellos son los heraldos de una fuerza divina espiritual que actúa sobre el devenir de la humanidad para ayudar en su evolución y desarrollo. Ya sean artistas, científicos, poetas, místicos o filósofos, hay personajes que marcan el camino y abren nuevos cauces a los seres humanos que aspiran a la libertad y a la belleza para llenar de contenido su vida.

Las conmemoraciones de estas efemérides avivan también el motor del mundo de la música, sirven de guía a programadores de temporadas de conciertos, a la vez que reactivan la industria del disco con ediciones especiales dedicadas a los homenajeados. Deutsche Gramophon edita este año, sin ir más lejos, la obra completa de Chopin con sus mejores intérpretes. Pero sobre todo, y esto es lo más importante, estas celebraciones animan la evolución del gusto musical y el crecimiento de los públicos, ofreciendo a todos nuevas formas de entender el mundo a través de algo tan bello y enriquecedor como es la buena música.

La personalidad de Chopin fue difícil y compleja como la de casi todos los genios. Físicamente débil, melancólico y nacionalista acérrimo, implicado de lleno en el movimiento romántico -esa especie de pequeño renacimiento que se desarrolla a lo largo del siglo XIX y que hace resurgir de nuevo en Europa los grandes ideales-, sus partituras contienen también muchas de las raíces de la música contemporánea, según atestiguaba Rimski-Korsakov.

Chopin representa el romanticismo en estado puro, es el mejor ejemplo de la inspiración netamente idealista, aquella que nace del sentimiento amoroso surgido de la contemplación de la naturaleza y de la búsqueda de la más exquisita belleza. Las melodías brotaban de su alma con la misma facilidad que le brotaban a Schubert y, con la misma rapidez que Mozart, las pasaba al papel. No obstante, era dolorosamente exigente consigo mismo y las retocaba una y otra vez, logrando así una perfección realmente admirable que todavía nos sigue asombrando. Chopin, en definitiva, posee las proporciones y la nitidez de un clásico sin carecer del vuelo de la imaginación romántica.

Aunque escribió obras para otros instrumentos y también música de cámara y para gran orquesta, el piano fue siempre su instrumento predilecto, y a él dedicó la mayor parte de su actividad, extrayendo del teclado los matices más sutiles que nadie había logrado hasta entonces ni posiblemente haya superado después.

Robert Schumann que, además de buen músico, fue un exigente crítico dotado de una gran clarividencia para distinguir a los verdaderos artistas de su tiempo -y que rara vez se equivocaba-, admiró profundamente su estilo y originalidad, escribiendo en cierta ocasión: “Si Chopin publicara sus obras anónimamente, cualquiera podría identificarlas. En eso está su fuerza y su debilidad.” Y Nietzsche, que también fue compositor y amaba profundamente este arte, decía: “El polaco Chopin, el inimitable –los que están antes y después de él no tienen derecho a ser llamados así-, tenía la misma distinción principesca que Rafael muestra en el uso de los colores más sencillos, pero aplicándolo a la melodía y el ritmo.” Liszt nos ha dejado también una bella descripción del joven y elegante Chopin cuando éste trataba de abrirse camino en París: “El conjunto de su personalidad era armonioso; su mirada era más espiritual que soñadora; su sonrisa dulce y gentil no adoptaba nunca una mueca amarga. La delicadeza y transparencia de su piel atraían la mirada; sus cabellos rubios parecían de seda, y su nariz era ligeramente arqueada. Su porte y sus modales tenían una impronta aristocrática e, involuntariamente, se le trataba como a un príncipe.”

Una vida corta y fructífera

Su vida fue corta como suele ser frecuentemente la de los elegidos de los dioses. Muy amante de su familia, nunca llegó a formar la suya propia -a pesar de que lo intentó en varias ocasiones- y siempre añoraba su infancia feliz, cuando vivían en un ala del instituto situado en el céntrico Palacio Sajón de Varsovia, donde su padre era profesor de francés y su madre daba clases de piano los domingos.

A los ocho años ya había compuesto sus primeras piezas, danzas y polonesas para piano, y es en esta época también cuando actúa por primera vez para el público durante una velada benéfica en el palacio Radziwill de la capital polaca. El irascible Gran Duque Constantino, hermano del zar Alejandro I de Rusia y, por circunstancias poco agradables para el país, rey de los polacos, le envió un día su carroza para pedirle que viniera a actuar en su palacio. El pequeño músico estuvo improvisando en su piano durante horas, manteniendo sereno y risueño a este hombre temible que, en un momento del recital, le pregunta al artista:

-¿Por qué miras al aire, niño? ¿Es que lees la música en el techo?

Su imaginación infantil volaba seguramente por otros mundos, mucho más elevados y ricos que el de aquel abigarrado palacio dieciochesco.

En el Liceo donde cursó sus estudios primarios no destacó precisamente como buen estudiante. Sólo sentía interés por la historia y la literatura, especialmente la poesía polaca. Fue un alumno normal, muy distraído, pero alegre y simpático con todos sus compañeros, muy amigo de sus amigos y de un espíritu especialmente sensible, que le hizo buscar siempre los ambientes más cultos y refinados en las ciudades donde residió a lo largo de su vida. Su salud fue siempre delicada, tenía una predisposición constante a coger resfriados, amenazado permanentemente por el “mal sutil” que con tanta facilidad segaba la vida en aquella Europa del siglo XIX y del que murió su hermana Emilia cuando él tenía sólo 17 años, lo que le afectó profundamente. Las primeras sombras de una existencia atormentada empezaban ya a cernirse sobre él.

El 13 de Abril de 1829 su padre, deseoso de ayudar a la formación musical del joven músico, escribe una carta al Ministerio de Cultura solicitando una ayuda estatal para sus estudios, pero la petición fue rechazada. Los representantes políticos consideraban que “los fondos públicos no podían dedicarse a esa clase de artistas”, y Chopin se fue por cuenta propia a Viena, capital por excelencia del arte musical, donde no le costó demasiado introducirse en los más selectos ambientes y empezar a dar algunos conciertos. El editor Haslinger le publica entonces las variaciones sobre el tema de Mozart “La ci darem la mano” de Don Giovanni, sobre las que Schumann, que aún no le conocía, escribió: “Hay que quitarse el sombrero, señores: estamos ante un genio.”

No para ya de viajar y actuar. Berlín, Praga, Dresde… regresa a Varsovia y estrena su Concierto para Piano nº 1 en fa menor. Su estilo estaba ya plenamente formado con sólo veinte años. Las obras de J. S. Bach y de W.A.Mozart le habían influido enormemente desde sus inicios por el limpio y mesurado ritmo que encierran y que él dejaba traslucir claramente en su música, envolviéndola en un lenguaje moderno más complejo y rico, netamente romántico, fiel reflejo de su alma de poeta, que tanto hace volar la libertad creativa y el virtuosismo de los intérpretes.

Ese mismo año de 1830 compone el segundo Concierto para piano, que estrena el 11 de octubre en Varsovia, siendo ésta la última actuación en su ciudad natal. Un mes después la abandonaría para siempre. Había decidido su marcha durante el verano junto a su familia, en la casa que lo vio nacer, pero le costaba alejarse de los suyos y escribe: “No tengo valor de fijar una fecha. Me parece que si dejo ahora Varsovia no volveré jamás a casa”. El 2 de noviembre se alejaba para siempre de su país. Sus amigos fueron a despedirlo y le entregaron un álbum sobre el que alguno había escrito: “Los extranjeros te darán más gloria, pero no te podrán amar tanto como nosotros”.

Pasea angustiado por Viena ante las malas noticias que le llegan de Polonia. La capital había sido reconquistada y asolada por las tropas rusas, poniendo fin a la patriótica insurrección con una gran matanza. Chopin se desespera lejos de los suyos y empieza a sentirse fracasado, ya no le queda dinero y para colmo, se encuentra mal de salud y sufre una tremenda crisis.

Linz, Salzburgo, Munich, Stuttgart… mientras va de una ciudad a otra, sigue pendiente de las noticias que le llegan de Varsovia. Los suburbios de la ciudad están destruidos, incendiados, muchos amigos muertos, y mientras, él se pregunta angustiado qué hace lejos de los suyos.

Finalmente Chopin se calma, se recupera y vuelve a asirse a la vida a través de la creación. El “Scherzo en si menor” y la primera serie de “Estudios”, brotados en tan difíciles momentos, nos revelan a un músico maduro y capaz de una intensidad dramática extraordinaria. Su personalidad no conoce la vacilación cuando trabaja en el terreno que le es propio. ¿Dónde está ahora el Chopin enfermizo y casi femenino que algunos nos han querido pintar?

Finalmente y tras una corta estancia en Viena, Chopin llega a París, donde el encanto y el auge intelectual y artístico de la capital francesa retendrá ya para siempre a nuestro músico hasta el final de sus días. Conoce a Berlioz y a Bellini y pronto se encuentra a sus anchas en medio de una sociedad elegante y cosmopolita.

Conoce y hace amistad con F.Liszt, entonces en plena gloria como intérprete, que le acoge afectuosamente y empieza a llenar los salones parisienses con la música del polaco interpretada de forma magistral por sus hábiles dedos, lo que ayudó a que la fama de Chopin se extendiera con rapidez. Pero la añoranza de su país sigue inquietando al músico y le llena de sombríos presentimientos. Por unos momentos, abatido, añora su hogar y piensa en el regreso a su patria. “¿Cuándo volveremos a vernos? Quizá nunca, porque te aseguro que mi salud anda mal. En apariencia estoy bien, pero por dentro me consumo”, le escribe a su buen amigo Titus.

Un buen día, su suerte cambia de forma inesperada: se encuentra a un viejo conocido, el príncipe Valentin Radziwil que, al escuchar sus cuitas, promete ayudarle. Esa misma noche le invita a una velada en el palacio del barón Rothschild, a la que asiste lo más granado del mundo parisiense. Chopin se sienta al piano y a los pocos días ya era el artista más solicitado por la aristocracia. Todos quieren protegerle y acepta dar lecciones a miembros de las clases altas, lo que le permite mantener un elevado nivel de vida. Sus obras son cada vez más apreciadas por los editores y compone frenéticamente. Es el compositor de moda y las mujeres se lo disputan en los salones, pero su mirada aparece triste y cansada, llena de una extraña melancolía.

Su padre, desde Varsovia, le aconseja moderación y prudencia, pero el músico está ya lanzado a una vida vertiginosa que le va a llevar en pocos años al agotamiento y a la muerte. Emprende nuevos viajes, conoce a Mendelssohn, con el que pasa unos días felices en el festival de música de Aquisgran, pero vuelve siempre a París reanudando su vida de lujo y relaciones sociales. Es entonces cuando, en una velada en casa de la condesa Czosnowska, sucede algo que va a cambiar definitivamente el rumbo de su vida: su encuentro con la escritora Aurora Dupin.

George Sand

Conocida por el pseudónimo de George Sand, Aurora Dupin, que al principio le pareció a Federico una mujer antipática y dudosamente femenina, escándalo de la sociedad de su tiempo, era la antítesis de la personalidad tímida y enfermiza de Chopin. Este había sido educado en un régimen católico tradicional, en el seno de una familia ordenada y patriarcal, mientras que Aurora se había movido siempre con absoluta libertad, sin disciplina ni moral establecida de ningún tipo, y era sin duda una de las mujeres más brillantes socialmente de su generación.

Seis años mayor que él, se enamoró perdidamente de Federico, mientras que el músico, tres días después de conocerla, anotaba en su diario: “¡Sus ojos en los míos! Ojos glaucos, singulares ¿Qué decían aquellos ojos? Ella se apoyaba en el piano y su mirada abrasadora me inundaba. Mi alma había hallado su puerto…”

No pasó mucho tiempo sin que se les viera juntos por todas partes. ¿Cómo fueron realmente los amores entre la escritora y el compositor? Nadie ha podido penetrar en la misteriosa y chocante relación entre estas dos personalidades tan complejas y dispares.

En octubre de 1838 deciden pasar el invierno en Mallorca esperando disfrutar en la bella isla de un agradable clima mediterráneo entre palmeras, naranjos y olivos. Pero el buen tiempo no les quiso acompañar y se tornó repentinamente frío y húmedo, con lo que la paz idílica que soñaban y los problemas que continuamente surgían con los hijos de ella en el abandonado Monasterio de Valldemosa, donde hubieron de refugiarse tras permanecer un tiempo en Palma, se tornaron inhóspitos y amenazantes para la frágil salud del músico. Habían alquilado unas celdas que a Chopin se le antojaban ataúdes y Aurora, obligada a cuidar de él como una madre, empieza a sentirse cansada de las alucinaciones y las crisis que sufría su amigo. La misteriosa paz de la Cartuja, el silencio de las noches, sólo alterado por el viento y la lluvia, exaltaban hasta el paroxismo la delicada sensibilidad del músico y finalmente, el 11 de febrero, deciden regresar a la comodidad de la vida en París.

Chopin recobra un poco su ánimo, pero la enfermedad le abatía cada vez más hasta hacerle casi incapaz de valerse por sí mismo. Pasa largas temporadas en la casita de campo de Nohant, donde compone con serenidad, en un supremo esfuerzo y con una lucidez maravillosa, sus dos últimas sonatas, nocturnos, polonesas, mazurcas... Chopin no escribe ya sino obras maestras en una intensa búsqueda de perfección y belleza. Conserva también, a pesar de todo, su sentido del humor y su talento para improvisar pequeñas piezas en el teatrillo casero de la residencia de Aurora, pero ésta no parece estar ya muy dispuesta a continuar siendo su enfermera. Chopin sufre, se aferra a su amante porque se siente herido de muerte pero, finalmente llega la ruptura definitiva. Han sido ocho años de relación, demasiados para una mujer tan inquieta como la Sand.

Chopin emprende entonces un viaje a Londres, invitado por su alumna y admiradora Jane Sterling y, a pesar de su debilidad, da algunas lecciones y conciertos con gran éxito, pero la atmósfera fría y húmeda de la capital londinense acentúan su mal. Va después a Escocia, casi como un cadáver andante, y en Edimburgo se desploma sin fuerzas. Antes de marcharse de la isla dará un último concierto en el Guimdhall de Londres a beneficio de los exiliados polacos. “No consigo acostumbrarme al aire de Londres… vegeto y espero con paciencia mi fin”, escribe a sus amigos de París, “Compradme un manojo de violetas para que mi salón esté perfumado cuando vuelva”.

Al fin regresa a su casa de la Plaza de Orleans en enero de 1849. Su enfermedad arrecia y la debilidad va en aumento, por lo que sus amigos deciden trasladarle a un piso más amplio en la Place Vendôme, que le permita recibir a sus amigos en la que será su última morada. Uno de sus más asiduos visitantes fue el padre Jelowiki, un sacerdote polaco cuya amistad y conversaciones en la lengua materna proporcionaron gran consuelo al dolorido músico. El 16 de octubre le administró la extremaunción y esa misma noche entró en coma, volando al amanecer su alma a los cielos.

Con los acordes del Requiem de Mozart, tal como él había pedido expresamente, y la Marcha Fúnebre de su segunda sonata fue despedido por una gran muchedumbre hasta el cementerio de Père Lachaise, donde depositaron los restos mortales junto a los de su gran amigo Bellini, y sobre su cuerpo se derramó aquel puñado de su amada tierra polaca que Chopin había guardado como un tesoro.

“Es el artista más puro y de mejor gusto que he encontrado jamás”, dijo de él el pintor Delacroix, al que debemos el retrato más conocido del músico. Polonia fue la destinataria de su corazón, guardado celosamente desde su muerte en la iglesia de la Santa Cruz de Varsovia.

Maria Angustias Carrillo de Albornoz