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A un giro sol de' begl'occhi (A un solo giro de sus bellos ojos) de Claudio Monteverdi.


Antes y después del Renacimiento surgido en la Italia del cinquecento de la mano de los Médicis, el más amplio y ambicioso de todos los que a lo largo de nuestra historia reciente se han sucedido, hubo otros más breves, pero no menos importantes intentos de unión y renovación en nuestra civilización occidental, como el surgido a finales del siglo VIII en la corte del emperador Carlomagno, el de la Occitania con sus Cortes de Amor y música de trovadores, el de Al - Andalus con el gran Ziryab venido de Bagdad para establecer su escuela de música en la Córdoba de los califas, o ese otro pequeño renacimiento más cercano a nosotros en el tiempo que surgió a finales del XVIII y durante todo el siglo XIX en el mismo corazón de Europa que llamamos el “Romanticismo alemán”, tan rico sobre todo en poesía, en música y filosofía como es de todos conocido. Pero no vamos a hablar hoy del desarrollo musical, que fue muy concreto y característico en cada una de estas pequeñas etapas de esplendor de nuestra cultura, sino del que corresponde a la época renacentista propiamente dicha y, para ello, nos remontaremos unos siglos atrás para conocer de dónde venía y cómo surgió nuestra música renacentista, que ahora, por cierto, está tan de moda. 


Del renacimiento carolingio, que hizo florecer el arte románico en toda Europa, el canto gregoriano es lo que mejor responde a esa idea integradora que unificó todo el culto religioso con las voces anónimas de esta música monódica, de ritmo libre y no sujeta a medidas de compás, ya que lo importante era resaltar el texto de los oficios religiosos. Música sublime y maravillosa que nos eleva el espíritu, como también puede hacerlo la correspondiente al periodo clásico o romántico del siglo XIX, si sabemos conectarnos con lo más profundo de nuestro propio ser y escucharla en el silencio y la tranquilidad que nos propicie esa íntima unión con la Belleza.

Poco a poco y ya en la alta Edad Media, este canto litúrgico cristiano se fue sometiendo a cambios que fueron progresivamente enriqueciendo el lenguaje musical del canto gregoriano primitivo, empezándose a jugar con la idea de hacer música para más de una voz. Tras los tímidos ensayos realizados en torno al siglo X, fue gestándose un principio de polifonía, que no inició su verdadero desarrollo hasta el siglo XIII con la llamada “Ars Antiqua” y de la que tan bellos ejemplos nos han quedado de sus años de esplendor en la música religiosa.

Las primeras manifestaciones polifónicas surgieron de forma natural al cantar juntos hombres y niños que, evidentemente, tenían que hacerlo con un intervalo de octava en sus voces respectivas. Más tarde, hacia 1040, Guido D Arezzo nos suministra otras noticias de manifestaciones polifónicas que suponen ya una notable evolución respecto a lo anterior, pues las dos voces ya no tienen un desarrollo paralelo en octavas, sino que la más baja repite la misma nota manteniéndola hasta el final, creando así diversos intervalos con respecto a la otra, que es la que hace la melodía. La característica más relevante de esta primera polifonía es la autonomía melódica de cada una de las voces que la constituyen. Al principio, las voces que se sumaban al canto principal se limitaban a repetirlo exactamente con una distancia de octava, de quinta o de cuarta, pero más tarde las voces añadidas comenzaron a moverse, al principio tímidamente, con total independencia y espontaneidad, con lo que se llegaban a plantear no pocos problemas de interpretación al no existir un sistema para la medida y duración de las notas.

La misma palabra “polifonía” (poli=muchos, fonía=sonidos) revela el carácter de esta forma musical consistente en un conjunto de varias voces que se entrecruzan según reglas y esquemas armónicos, un tanto vagos en sus comienzos, pero que cada vez se fueron estableciendo de una forma más determinada.

El desarrollo de la polifonía obtuvo una especial atención en Francia, en la catedral de Notre - Dame de París, cuya construcción, iniciada en 1163 por el papa Alejandro III, coincidió con el máximo esplendor de la obra de Perotín, llamado “el grande” por sus composiciones a tres y cuatro voces y del que se conserva el famoso motete “Viderunt omnes”, cuya audición todavía nos resulta fascinante.

Hacia 1230, Philippe de Vitry escribió el famoso tratado musical “Ars Nova”, contraponiendo nuevas tendencias a las formas precedentes y naciendo así un nuevo estilo que aportó una mayor riqueza en el ritmo, curvas melódicas más armoniosas y partes vocales de movimiento más independiente. La música se fue haciendo cada vez más rica y sofisticada con el llamado “Ars Subtilior”, centrado principalmente en el Sur de Francia y Norte de España, que significó una complejidad aún mayor, sutilísima, como su mismo nombre indica.

El proceso de desarrollo y transformación habida a lo largo del siglo XIV no hubiera sido posible sin una auténtica revolución en la manera de escribir la música. La aparición de la notación mensural que tuvo lugar a mediados de este siglo fue una estimulante novedad que permitió a los músicos, sobre todo a los que vivieron en la segunda mitad del siglo XV, cuantos caprichos y enrevesamientos quisieron para sus obras. Es esta también la época de mayor auge del estilo gótico flamígero, cuyo contorsionismo y movilidad extremos quedaron patentes en la arquitectura, incidiendo también notablemente en todas las demás artes como es bien sabido.

Ya en pleno Renacimiento, la influencia de las ideas humanistas fue un importante impulso para que la música vocal buscara de nuevo el equilibrio entre el complicado estilo contrapuntístico, influenciado todavía por la vieja herencia medieval, y el nuevo estilo renacentista, más sobrio y vertical, característico de este movimiento, ceñido a las cuatro voces clásicas que, si bien tenían que ser todas masculinas, ya que a las mujeres no se les permitía cantar en la iglesia, el problema quedaba solucionado al encomendar las partes de soprano a niños y las de contralto a tenores agudos o falsetistas.

Esta incidencia del humanismo renacentista se aprecia también en los primeros intentos de manifestación del arte dramático llevados a cabo en los países latinos, que tuvo su origen en la famosa “Camerata Fiorentina” del Conde Bardi, fundada a mediados del siglo XVI.

Giovanni Bardi, Conde de Vernio (1534 - 1612), era el típico mecenas del Renacimiento: filólogo, músico, matemático y poeta, helenista imbuido de las ideas neoplatónicas, reunía en su casa de Florencia un pequeño cenáculo de filósofos, poetas y músicos, entre los que se encontraban Vicenzo Galilei, Giulio Caccini y Jacopo Peri. Como otras muchas academias de este tipo, desde la creada por Cosme de Médicis en Villa Careggi presidida por Marsilio Ficino, los miembros de la Camerata de Bardi estaban persuadidos de la superioridad de los antiguos en todos los dominios del arte y del pensamiento y preconizaban, como otros humanistas, una nueva asociación de música y poesía sobre el modelo de lo que se cree que fue la recitación lírica de los griegos y romanos. Para ellos el estilo de la música vocal debía ser la conjunción del sentido poético y del sentimiento individual. Justamente un siglo después que Pico de la Mirándola escribiera su “Discurso sobre la dignidad del hombre”, Giovanni Bardi escribía el “Discorso sopra la Música Antica ” reflejando las ideas de la Camerata , y en el que condenaba el estilo madrigalesco a la vez que preconizaba una reforma prudente que no rompiese radicalmente con la escritura polifónica. Sólo pedía más sencillez y más respeto por la acentuación y la expresión poéticas y así empezaron a surgir las primeras óperas en Italia.



Maria Angustias Carrillo de Albornoz

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