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Nacido en Salzburgo el 27 de enero de 1756 y muerto en Viena en 1791. Uno de esos seres superiores, especiales, también llamados “encarnaciones históricas” porque dominan toda una cultura, porque aglutinan todo el saber de su tiempo y marca las pautas para la Humanidad del futuro.

 Wolfgang Amadeus Mozart es considerado como el más eximio representante del Clasicismo en la Historia de la Música, entendiendo también como “clásico” ese conjunto de cualidades arquetípicas dignas de ser imitadas, que se propusieron como modelo en el Renacimiento tratando de recuperar los valores reinantes en la antigua Grecia y que fundamentalmente son la proporción, la armonía, la serenidad, la moderación, el equilibrio y el orden. Y así es la Música de Mozart. El es el paradigma perfecto del equilibrio y el orden, y esa es la clave de la Belleza que nos llega directamente a través de su Música. Porque su preocupación por la forma no se plasma, como podría pensarse, en una rigidez fría y premeditada de absoluta perfección. Su Música es dinámica, siempre fresca y eternamente viva y auténtica. El no rompe las reglas, es cierto, pro sabe llevar hasta los más atrevidos límites las leyes que rigen la armonía y la tonalidad, hasta el punto de que a veces es muy difícil para los estudiosos analizar sus partituras y reconocer los acordes que ha utilizado, porque es capaz de disfrazarlos jugando con todos los recursos posibles para conseguir efectos totalmente nuevos. Mozart es rebelde y atrevido, espontáneo y natural como un niño, y a la vez, eternamente joven a pesar de su enorme madurez musical adquirida tan precozmente. Su Música brota desde lo más profundo de su alma como un inmenso caudal lleno de color, de ritmo, de inspiración constante, que es en definitiva lo que constituye una de las cualidades más inaccesibles y misteriosas de los clásicos verdaderos. Quizás sea por esa “ligereza y gracia helénica”, como decía R. Schumann comentando su Sinfonía en Sol Menor K.550, la famosa Sinfonía nº 40, una de las pocas escritas por Mozart en modo menor, y la más “romántica” dentro de su perfecto clasicismo, como preludiando ya las tendencias de los que habrían de seguirle, por lo que hay que “volver siempre a Mozart” para beber y calmar nuestra sed en la inagotable fuente de su sabiduría. Por más veces que se le escuche, siempre se aprende, siempre se descubre algo nuevo estudiando sus partituras. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, en la que se centran los 35 años de vida de Mozart, Europa está fraguando los cambios profundos que se van a dar a lo largo de todo el siglo XIX. La aristocracia, tanto civil como eclesiástica, viendo la competencia de que era objeto por parte de la burguesía en el ejercicio del poder, se encastilla cada vez más en sus privilegios; pero la burguesía no se conforma, y con su oposición a las viejas ideas favorecerá el nacimiento de todo un movimiento cultural nuevo: la Ilustración. Frente al poder absoluto del Estado y de la Iglesia, los “ilustrados” oponen la igualdad de todos ante la ley, la libertad espiritual e ideológica, la tolerancia religiosa y la búsqueda de la felicidad a través del conocimiento y dominio de la Naturaleza por procedimientos fundados en la razón. Luego vendrá el “Despotismo Ilustrado” con su famoso lema “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, y aunque al principio resultó una hábil maniobra del poder, el pueblo se dio cuenta del disfraz con que querían engañarlo y el desenlace se produjo en 1789 con la Revolución Francesa. Esta es, muy brevemente resumida, la Europa que vivió Mozart, el ambiente que propició su rebeldía ante el tristemente famoso Colloredo, el soberbio y arrogante arzobispo que tanto hirió su sensibilidad y orgullo de artista mientras duraron sus servicios en la sofisticada corte de Salzburgo. Según J. Dent. Mozart es hijo de la ilustración, como Beethoven lo es de la revolución, y la verdadera grandeza de ambos reside en el hecho de que expresan los sentimientos de la Humanidad de su época, no la nostalgia sentimental del pasado. Los verdaderos artistas dejan ver, a través de sus manifestaciones, lo que es la sociedad de su tiempo, y lo hacen de forma tan genial que sus obras son como una síntesis perfectamente armónica en su equilibrio y medida aunque los elementos que la constituye sean extraídos del caos. Al ordenarla le imprimen el toque genial de la “divina proporción”, con lo que participan del ideal de Belleza y se hacen, como ella, inmortales. “Las pasiones -decía Mozart-, sean violentas o no, nunca debieran expresarse cuando llegan a un punto desagradable; y la Música, incluso en las situaciones más terribles, nunca ha de ofender al oído, sino cautivarlo y seguir siendo siempre Música”. Y así lo hace él siempre, olvidando sus propias miserias y las penalidades que le rodearon. Su obra resume todo lo mejor de la tradición contrapuntística alemana, la fresca melodiosidad italiana y las conquistas técnicas de Haydn y de los sinfonistas de Mannheim. La sociedad en la que Mozart vivía era muy distinta a la nuestra. El desprecio por los intelectuales y artistas era moneda corriente entre los aristócratas de la época, y Mozart tuvo que soportar continuas humillaciones en la corte del arzobispo Jerónimo Colloredo. Durante los años que estuvo a su servicio fue un criado más a sueldo aunque su título fuera el de “maestro de capilla”. Debía vestir librea y sentarse a la mesa con la servidumbre, él, que estaba acostumbrado a alternar con nobles y reyes y que desde pequeño fue mimado y bien recibido en sus viajes por toda Europa como niño prodigio. Ahora debía aceptar, por un mísero sueldo, las impertinencias de un “déspota ilustrado” que, para colmo, no tenía buen oído ni especial interés por la Música y despreciaba a todos los salzburgueses. Por eso, el 9 de Mayo de 1781, día en que Mozart consigue su anhelada libertad, tras una brusca ruptura con el arzobispo, erigiéndose como el primer músico independiente de la historia, es considerado por muchos autores como “el 14 de julio de los músicos”. Es Mozart, un joven de 25 años, el primer músico que pone la dignidad de su arte por encima de una vida asegurada. Para poder ser él mismo rompió una tradición que hasta entonces había sido honrada nada menos que por J.S,Bach, por F.J. Haydn y por tantos otros que le precedieron, e intentó vivir por su cuenta al exclusivo servicio de su genio, aunque por desgracia sabemos que no lo consiguió. J.S. Bach, el gran maestro del Barroco, fue un sumiso maestro de capilla y Haydn estuvo al servicio de una familia de príncipes hasta casi los 70 años. Ya a comienzos del siglo XIX, Beethoven fue el primero que pudo vivir de sus obras, pero Mozart, tras intentarlo durante los diez últimos años de su vida, murió en la miseria. Sin embargo, su lucha por la libertad no fue estéril, pues dejó el camino abierto a todos los que después la siguieron, desde Beethoven a nuestros días. Hoy “Mozart gusta porque consuela”, ha dicho recientemente el musicólogo H.C. Robbins Landon. Y quizás sea por eso también por lo que hoy sigue Mozart más vivo que nunca, porque en estos momentos la Humanidad necesita el consuelo de una Música en la que reine ese equilibrio y ese orden hoy perdidos. Por eso todos le aman, y al final siempre se le prefiere a cualquier otro. Porque “él es el único”, como decía Rossini. En este disparatado siglo XX, los hombres todos necesitan el consuelo de algo equilibrado y armónico para poder sobrevivir en medio del caos. Y lo que caracteriza fundamentalmente la tonalidad es que los sonidos están sometidos a una jerarquía en la que hay una nota principal   -la tónica-, sonido del que dependen todos los demás de la escala que, a su vez, no tienen especial significación salvo por sus relaciones armónicas con el principal. Esta jerarquía establecida por las leyes de la tonalidad, implica un orden y unas características cuya esencia radica, precisamente, en el sentimiento de reposo que posee y transmite ese sonido principal, hasta el punto de que no nos quedamos tranquilos escuchando una obra escrita en una determinada tonalidad hasta que no oímos el acorde final, en el que la tónica reina y dice la última palabra. La mayoría de las obras clásicas y también las barrocas y las primeras del Romanticismo, terminan así con cadencia perfecta, y Mozart, ya lo hemos visto, no se salía de la norma. Por eso no sólo consuela; hoy además se le necesita. Mozart nos transmite ese aspecto “natural” de la Música con el cual nos sentimos plenamente identificados, debido justamente  a la tendencia “natural” de nuestro ser a la perfección y al orden, a lo Uno. Para Christian Ivaldi, un buen pianista que siente a Mozart, la dificultad de interpretarlo no reside en el aspecto técnico, “técnicamente Mozart no es agobiante, no es complicado. Pero en el aspecto musical es lo más sensible que puede haber, lo más delicado, lo más frágil de manejar. Es ese lado “natural” en la Música de Mozart lo que constituye al mismo tiempo su esencia más preciosa y su mayor dificultad. Cuando uno descifra una partitura de Mozart, a poco que se descifre correctamente, todo se encuentra “naturalmente”. Está escrito, es sencillo. Se te pone en los dedos el ritmo, el fraseado, el espíritu de texto. A continuación te pones a trabajar, a precisar las cosas, y todo se desmonta. Hacen falta meses para volver a ese “natural”, ese brotar de la Música que parecía tan evidente…”, Es algo parecido al trabajo que ha de hacer el actor de teatro; leer la obra, en incluso asimilarla, es fácil; pero tener que darla a los demás, interpretarla de forma que quede de manifiesto su carácter, su profundidad humana y espiritual, es trabajo de mucho tiempo y muy difícil de conseguir. Lo bueno es que, para interpretar a Mozart, no es necesario tener terminada la carrera de Música. Su Música no exige grandes efectos, ni demasiados recursos técnicos de pedales o sordinas. Hace falta pulcritud, claridad, una buena dicción y, sobre todo, una mente serena que sepa expresar la Música que “no está en las notas, sino entre las notas”, como decía Debussy, pues el alma de una melodía nunca puede quedar atrapada en el papel. El contenido de la partitura es forzosamente limitado y, aunque los signos permanecen inmutables, la sensibilidad del intérprete debe captar y descubrir todas las maravillas que se esconden entre ellos y así “es su devoción y su humildad hacia la Música –como también afirmaba Pablo Casals – lo que le va a permitir entrever las alturas en las que se cierne el espíritu creador” Mozart sigue entre nosotros y hoy su Música se eleva luminosa por encima de este mundo oscurecido por el humo de una contaminación total. 

Mª Angustias Carrillo de Albornoz  

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