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Desde hace unos pocos años y hasta la época, en distintos barrios, por algunas entidades de Granada, se están realizando esfuerzos en “rescatar” la tradición de festejar “La noche de San Juan”.

La idea es verdaderamente loable, puesto que la celebración gozó siempre, antaño y desde antiguo, de una especial devoción de los granadinos y de un especial predicamento festivo entre las clases más populares de la ciudad.

Cuenta de lo dicho podemos encontrar en viejas publicaciones granadinas, como la revista de artes y letras “La Alhambra”, auténtica joya histórica y literaria en la que Francisco de Paula Valladar u otros vates de la época dejaron testimonio de la su celebración en nuestra ciudad de tan mágica festividad. También podemos hallar prueba en otras impresiones de no menor consideración que “La Alhambra”, más antiguas aún, como la revista el Liceo o la Gazetilla Curiosa o Semanero Granadino curioso y útil para el bien común, y posteriores, como Granada Gráfica o Reflejos.

Pero es de destacar muy expresamente, por su continuidad y especial vocación por estos temas. El Defensor de Granada, que año tras año desde que apareciera a finales del mes de octubre de 1880 y hasta su desaparición el 20 de julio de 1936, no dejó de dedicar, ni un solo año de sus casi cincuenta y seis de existencia, excelsas páginas en la que se daba cuenta de la celebración de la tradición de la madrugada y día de San Juan Nepomuceno. Páginas en las que las vísperas, durante el día o “a la octava” como vulgarmente se dice, incluyeron emotivos y castizos reportajes, artículos de opinión histórica, leyendas más o menos altisonantes, romances, relatos, cuentos, microcuentos, cuenticos o microrrelatos como hoy le llamaríamos en la narrativa contemporánea, etc. Y todos, siempre, dedicados a la mágica “noche de San Juan”. Ni que decir tiene que a El Defensor le siguieron con más o menos acierto y predicamento, pero siempre con la misma devoción, rotativos como La Publicidad –por cierto, especialmente elocuente en estos asuntos-, El Campeón, El Noticiero Granadino, La Gaceta del Sur, La Verdad, y un largo listado de publicaciones, de las que Granada siempre gozó.

La Noche de San Juan fue siempre el momento en que los granadinos –de Granada capital y su provincia-, siguiendo un rito ancestral, plagaban los campos y riberas de los ríos para festejar, desde la víspera, según la creencia popular, la llegada de la madrugada mágica del solsticio de verano- realmente esta tiene lugar dos días antes astronómicamente hablando-, para lavar el rostro en las frías aguas de los ríos de Granada, en especial Genil y el Darro.

Pero tratándose de la ciudad de la Alhambra, la acción tenía que realizarse forzosamente, en el instante preciso en que tañían las doce campanadas de la Torre de la Vela. Los que así lo hacían se beneficiaban de la rara virtud, que según la leyenda, tenían –y tienen- las aguas en ese momento, de rejuvenecer la cara, embellecer las carnes, engordar los frutos y purificar el alma.

La madrugada de San Juan era esperada año tras año con gran expectación popular, precisamente por este sentido mágico, casi ocultista, capaz de llevar a los granadinos al convencimiento de las más variopintas creencias. En Granada la noche de San Juan es considerada también como aquella del año en que se rompen los conjuros realizados por antiguos alfaquíes, dejando a la vista los ricos tesoros ocultos desde tiempo de moros y en la que se deshacían los hechizos que pesaban sobre misteriosos personajes encantados que inspiraron fantásticas leyendas, como las relatadas en más de un cuento por Washington Irving – A propósito, que hoy es un día excepcional para hacer la lectura de la maravillosa obra del Americano-.

De cualquier modo la tradición, muy festejada durante el XIX y buena parte del siglo pasado, traía consigo la celebración de verbenas populares en numerosos sitios públicos y privados de la ciudad, especialmente aquellos que estaban más próximos a las riberas del Genil y del Darro. Así, en el paseo del Salón se iniciaba una feria con adornos a la veneciana la tarde de la víspera que duraba hasta la llegada de las luces del nuevo día, siendo tan sólo interrumpida momentos antes de las doce campanadas en que las mozas corrían a lavar su cara con el agua de las fuentes de la Bomba y de la Ninfa o descendiendo por las empinadas riberas, las más atrevidas, hasta las orillas del Genil a tomar el agua directamente venida del deshielo de Sierra Nevada.

Junto al Darro, era preferido el paraje del Rey Chico, donde se celebraba el jolgorio de la fiesta y se soñaba con la esperanza de la misteriosa renovación anual. Y a la media noche como mandaba la tradición y por los cortos instantes de apenas un minuto, las jóvenes albaicineras, seguidas de los muchachos que las cortejaban y de una pléyade de viejas que año tras año creían en el milagro corporal que nunca llegaba, según cuenta Antonio Joaquín Afán de Rivera, bajaban divertidos por las veredas que descendían por el estrecho valle por el que corre el río hasta sus orillas, para tomar de ese modo, a los pies de la altiva Sabika y la mirada callada de las rojizas torres de la Alhambra, unas garfadas del raudo líquido elemento convertido en caldo mágico. Pero eso sí, siempre había de ser enjugado con los tréboles nacidos en la ribera, tanto o más mágicos que el agua del Darro.

En la mayoría de las ocasiones el lavado no surtía más efecto que hechizar a los concurrentes para que al año siguiente, siguiendo el mismo ritual festivo, acudiesen nuevamente en caterva a tomar las aguas con renovadas esperanzas en la magia de la tradición. Una tradición que también mandaba –y manda- que a la ida y a la vuelta del chapuzón, con la cara fresca y el cuerpo remojado, se esperase llanamente hasta el amanecer, para ver a luz de los últimos luceros y del primer rayo de sol, el milagro obrado. Era entonces el momento, como al tiempo de enjugar la piel con los tréboles, de cantar aquella letrilla popular que hacía el conjuro y que decía:

La mañana de San Juan
cuaja la almendra y la nuez;
así cuajan los amores
cuando dos se quieren bien.

Y acabo como empecé. Fomentar en algunos espacios públicos la celebración de La noche de San Juan es una idea digna de toda alabanza. Pero organizar veladas entorno a gigantescas hogueras que tratan de emular las famosas fiestas de las “Hogueras de San Juan”, que en la madrugada del 24 de junio, se celebran en otros lugares como el Levante español o en el país Vasco, es algo en sí extraño a nuestra bellísima tradición, aunque en ella no faltaran rescoldos.

Las veladas celebradas en los últimos años en Granada en honor de San Juan Nepomuceno y su enigmática madrugada, han gozado de una nutrida afluencia de ciudadanos, atraídos por el ritual del fuego y el frescor y por una brisa aromática que alivia los padecimientos de las horas del día, tremendamente tórridas en la época. Sin embargo, la noche del fuego, esta particular fiesta de las Hogueras de San Juan que trata de implantarse de unos años a esta parte, con el fomento del Ayuntamiento, no goza de tradición conocida en Granada, donde la llegada de la madrugada de este mágico día del mes de junio, era esperada con fiestas que tenían como motivo central el agua y no el fuego.

Miscelánea de Granada
Cesar Girón

 

 

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