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El pintor inglés de Granada

La imagen de Granada debe mucho de su encanto a los extranjeros que desde siempre han venido aquí a dejarse seducir por las hermosas combinaciones de Oriente y Occidente y los impulsos a la imaginación que esta ciudad sabe dar, quizá como ninguna otra.

Granada enamoró a George Apperley en un momento dado, como si su espíritu encontrase aquí lo que estaba buscando para su inspiración de artista. Podríamos decir que fue el penúltimo romántico, encantado por una ciudad experta en atraer a las almas sensibles.

Una vocación determinante

Nuestro artista nació el 7 de junio de 1884 en la isla de Wight, al Sur de Inglaterra, en el seno de una familia de origen galés, aristocrática y refinada. Al quedar huérfano a los seis años, su madre se vuelve a casar y se traslada a Torquay, otra localidad costera, de bellos paisajes inspiradores. Muy pronto, con dos años, el niño ya comenzaba a manifestar su afición al dibujo, emborronando cuartillas con toda clase de motivos, y hojeando los libros donde se narraban las sorprendentes historias de la mitología griega y el arte de la Antigüedad, que alimentaron su imaginación y con el tiempo encuadrarían su producción pictórica en los estilos prerrafaelistas, de Leighton y Alma Tadema.

No obstante, en su familia no estaban nada de acuerdo con la temprana vocación de artista del joven George y le intentaron disuadir enviándole a estrictos colegios, donde las técnicas pedagógicas victorianas trataban de domar su temperamento fogoso y rebelde y le impedían dibujar. Lo único que consiguieron es que se convenciera más y más de lo que iba a ser su vida, y por fin permitieron que se matriculase en la prestigiosa Academia de Herkomer, en Bushey, cerca de Londres, en la que vivió los típicos conflictos de los artistas ante un academicismo demasiado rígido.

Tal como les sucedía a muchos ingleses, su verdadera iniciación en el mundo de la Belleza resultó ser un viaje que hizo a Italia, acompañado de su tutor, el Mayor Wilkinson, costeado por una tía suya que le apoyaba en sus denostadas veleidades artísticas. Tenía diecinueve años y muchas ganas de traducir a las acuarelas las impresiones que iban dejando en sus ojos las escenas de Venecia, Nápoles, Roma, Florencia... Pero sobre todo la luz meridional, el sol brillante y los paisajes mediterráneos le ganaron completamente. Desde ese primer viaje, siempre que podía se escapaba a las bellas ciudades italianas a empaparse de belleza, muchas veces llevando grupos de estudiantes de Arte, como actividad lucrativa, que le ayudase a sobrevivir.

Tenía veinte años cuando recibió el primer reconocimiento a su talento, al ser aceptado un cuadro suyo al óleo por la real Academia de Londres para la exposición anual.

Amor del Norte y del Sur

La primera esposa del pintor fue Hilda Pope, una bella joven de Watford, a quien sus padres no permitían tener relaciones con aquel artista de porvenir incierto. Como buen rebelde, hizo caso omiso a tales prejuicios y “se llevó a la novia”, se casaron en secreto y se fueron a Suiza de viaje de novios, presentando a la familia el hecho consumado. Sin embargo, la esposa no llegó a compartir su inclinación por los paisajes del Sur y, a pesar de haberle acompañado en sus viajes a España, cuando Apperley se decidió a trasladarse a vivir en lugares con mejor clima, no quiso acompañarle y se quedó en Inglaterra con sus dos hijos, Edward y Phyllis.

En Granada conoció el artista a la que iba a ser su más retratada modelo, compañera inseparable y colaboradora, Enriqueta Contreras, una espléndida belleza morena, de inmensos ojos verdes y de una capacidad interpretativa dócil a los requerimientos expresivos del pintor. Era una niña de catorce años cuando se conocieron y se puede decir que quedó atrapado por un rostro y una figura que quiso llevar a sus cuadros y acabó por llevar a su vida. Con ella tuvo dos hijos, Jorge y Enrique.

Pintor Exquisito

Aquel temprano gusto por las escenas mitológicas de su niñez hizo que quedaran reflejadas en sus lienzos, en forma de ninfas y sátiros, con un detallismo que no siempre fue bien acogido por la crítica y en una actitud beligerante contra las vanguardias y los que llamaba despectivamente “ismos”, pues los veía como auténticos camelos. Vivió para su arte y su producción llegó a superar las 4.000 obras.

Entre los pintores granadinos consideraba a Morcillo como un maestro, junto con López Mezquita, Rodríguez Acosta y Soria Aedo. Opinaba que había que aprender de los grandes maestros, y buscar después la propia manera de pintar; el propio estilo, si bien, en último término, para él la verdadera maestra era la Naturaleza.

Desde sus primeros años se reveló como un dibujante primoroso y ágil, con verdadero virtuosismo, que ejercitó también en el género de la acuarela, en la mejor tradición inglesa. Aunque también se dedicó al óleo, nunca llegó al nivel de perfección y al éxito que cosecharon sus acuarelas.

Encuentro con Granada

Siempre atraído por la luz y la temperatura cálida de los países meridionales. Apperley, impenitente viajero, había visitado varias veces España con su familia y también solo. Conocía Toledo, Madrid, Sevilla, y Granada, cuando la Primera Guerra Mundial el haber sido excluido del ejército por motivos de salud, le encaminaron a dirigirse a Madrid en 1916. Allí vivió durante un año de bohemia y dificultades económicas, mientras cuadros suyos, como el de “Una bailarina del antiguo Egipto” triunfaban en Londres. Una visita a Granada en Abril de 1917 le hizo encontrarse con su destino. Probablemente influyera en su decisión de quedarse el encuentro con otros pintores extranjeros de varios países que se habían establecido aquí, en busca de exotismo y de libertad al margen del conflicto bélico. Precisamente con uno de ellos, el alemán Sigfrido Bürmann, al que había conocido en Madrid, se instaló y compartió estudio en un antiguo molino de la Cuesta de los Chinos, que conduce a la Alhambra.

Pronto se daría a conocer a la sociedad granadina, participando con dos acuarelas en la exposición que el Centro Artístico y el Ayuntamiento montaron en el Colegio Mayor San Bartolomé y Santiago, con motivo de las fiestas del Corpus de ese mismo año de 1917. En ella colgaron también sus obras Morcillo, Ismael de la Serna, Juan Cristóbal, Ruiz de Almodóvar, Marino Antequera, Manuel Ángeles Ortiz, entre otros. Su desnudo “La rosa” ganó el primer premio del certamen.

A partir de entonces, su figura a la vez elegante y bohemia se hizo familiar sobre todo en el Sacromonte y Albaycín, los ámbitos donde el exotismo granadino se hacía más evidente y atractivo y el pintor recogía incansablemente escenas, paisajes, rostros, miradas, a la acuarela o al óleo. Aquellas gitanas retratadas con buen gusto le hicieron triunfar en una exposición en el Hotel Palace de Madrid, en noviembre de 1918, a cuya inauguración asistieron los reyes de España, Alfonso XIII y Victoria Eugenia. El éxito económico de la exposición le permitió comprarse dos casas en la plaza de San Nicolás, una para estudio y la otra para vivienda. Sobre la primera más tarde construiría el airoso carmen albaicinero, que todavía lleva su nombre. Allí se convierte casi en una institución y durante los años 20, su estudio es un punto de encuentro de altas personalidades que visitan Granada y quieren conocer al pintor que mejor lleva al lienzo los paisajes y tipos populares.

Sus obras causaban notable impacto en Londres, donde sus rincones de la Alhambra, y sus acuarelas de mujeres andaluzas llegaron a cotizarse y a exhibirse en Museos, como el Victoria y Alberto de Londres o el palacio de Bruselas. Es tal el prestigio que alcanza por esos años, que la exposición de Madrid en 1928 fue calificada como acontecimiento social. Los madrileños, impresionados por la habilidad y buen gusto del inglés para reflejar la sensualidad de los desnudos, los rostros adornados con mantillas, en los que resplandecía la belleza andaluza, desfilaron por miles por las salas. Como colofón del éxito, el Museo de Arte Moderno, que dirigía el escultor mariano Benlliure, con el que entabló una amistad entrañable, adquirió el cuadro titulado “Melancolía” para el citado Museo.

Defensa del Albaycín

Nuestro pintor no se sintió nunca extranjero en una Granada a la que debía tanta inspiración para su obra artística. Su sentido estético le llevó a comprometerse con la defensa de los valores paisajísticos y monumentales de la ciudad que, a lo largo de los años, veía cada vez más adocenada y apática para cuidar sus tesoros de belleza, especialmente en lo que respecta al barrio inmortal donde vivía. Se lamentaba en sus escritos de ver la ciudad “martirizada desde hace años por la codicia desenfrenada de unos cuantos, el mal gusto de la mayoría y la apatía de todos”. Enviaba cartas a los periódicos llamando la atención sobre el deterioro que afectaba al Albaycín, los pestilentes rincones que se utilizaban como urinarios, o los aljibes árabes que servían de basureros.

Pero el asunto que más le afectó fue la decisión municipal de sustituir el alumbrado público a gas por el eléctrico, a finales de los años 20. Muy a la manera ganivetiana, pensaba que las farolas de gas conferían a las noches albaycineras un encanto romántico que se iba a perder irremediablemente, bajo la fría e implacable luz de unas farolas que tenían forma de chupete, según su mordaz comparación. Fue tal la insistencia de su campaña que logró que el Alcalde resolviera que el Albaycín conservara las farolas antiguas.

Después de la guerra civil, durante sus estancias en Granada, cuando ya había fijado su residencia en Tánger, reanudó sus intentos por lograr una mayor conciencia cívica de los granadinos, con respecto a la protección de su patrimonio. La prensa local de los años cuarenta y cincuenta recoge sus solitarias y airadas protestas por la pérdida del tipismo de numerosos rincones albaycineros, que con tanto amor había ido recogiendo con sus pinceles y las faltas de educación de sus habitantes.

La Etapa de Tánger

El pintor inglés que se sentía granadino y español había mostrado su adhesión a la monarquía de Alfonso XIII y un talante conservador que empezó a molestar a ciertos sectores de la ciudad, rechazo que se hizo más visible aún con el advenimiento de la II República. La hostilidad culminó en la colocación de una bomba, que arrancó el portón de su casa y colmó la paciencia de Apperley, que sobrellevaba los continuos robos y anónimos amenazantes, con elegante serenidad, hasta que en 1933 decidió trasladarse con su familia a Tánger, ciudad que había visitado varias veces. De nuevo, la seducción de Oriente operó en su espíritu, junto con las condiciones de vida de una ciudad que era cosmopolita y le ofrecía buenas oportunidades de trabajo. Allí construyó de nuevo su casa y su taller, en la parte alta de la ciudad, desde donde divisaba las costas de Tarifa y vivía rodeado de ese ambiente vital y bullicioso, tan parecido al que tanto había disfrutado en el Albaycín.

En la ciudad africana volvió a vivir su apasionada implicación en la defensa de los valores artísticos y paisajísticos, cuya destrucción presenciaba impotente, denunciando la especulación de los comerciantes y el abandono de los menos favorecidos. Durante esa época cultivó profusamente el retrato, al óleo o a la acuarela, con una gran delicadeza y buen gusto. No dejó nunca de venir a Granada, cada año, a encontrarse con sus amigos, como el abogado Manuel Pérez Serrabona, y sobre todo a sentirse español “cien por cien”, como solía repetir. En Tánger murió el 10 de Septiembre de 1960 de una hemorragia cerebral y allí quedó enterrado, en el cementerio británico de Saint Andrews.

Un Caballero Tranquilo

José Carlos Brasas Egido, biógrafo del pintor, nos ha proporcionado los datos para hacernos una idea de la personalidad del artista, más allá de su obra.

Físicamente era alto, delgado y rubio, con el clásico tipo del anglosajón que conserva toda su vida una estampa juvenil, y una elegante combinación de refinamiento con una cierta espontaneidad bohemia y desenfadada, sin caer en el desaliño ni el descuido. Sus ojos azules siempre miraban con un guiño de buen humor, dispuestos para una broma, muy al estilo de la fina ironía inglesa. Ninguno de los que le conocieron y trataron recuerda haberle visto perder la compostura y el distante porte con que sobrellevaba los contratiempos. A pesar de ser tan típicamente británico en sus rasgos y hábitos, sentía como suyas todas las costumbres propias de la manera de vivir en Andalucía. Disfrutaba con la música popular y el flamenco más jondo, con los toros, y los variados matices del Sur. Llegó a dominar tan bien el idioma que cuando escribía a Inglaterra lo hacía primero en castellano y luego lo traducía al inglés. Era supersticioso, aficionado a coleccionar herraduras, si se las encontraba por la calle.

A pesar de que detestaba los artefactos que a lo largo de su vida fue viendo aparecer en los usos y costumbres, y las prisas, sí tuvo afición por los automóviles, hasta el punto de coleccionar modelos lujosos, cuando su situación económica se lo permitió.

No se sentía cómodo en la época que le había tocado vivir y quizá por eso se refugiaba en su mundo de imágenes mitológicas o costumbristas, empapadas de sensualidad, evocadoras de un mundo que estaba viendo desaparecer.

Nueva Siluetas Granadinas
M.D.F
C.G.

 

 

 

 

 

 

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